Se cuenta que en un pueblito del interior, un grupo de personas se divertían con Juancito, un chico con cierto retraso mental, un joven de poca inteligencia, que vivía haciendo pequeños mandados y limosnas.
Diariamente, algunos hombres llamaban a Juancito al bar donde se reunían y le ofrecían escoger entre dos monedas: una de tamaño grande, de 50 centavos, y otra más pequeña, de 1 peso.
El siempre elegía la más grande y menos valiosa, lo que era motivo de risas para todos.
Un día, alguien que observaba al grupo divertirse con el inocente Juancito, lo llamó aparte y le preguntó si todavía no había percibido que la moneda de mayor tamaño valía menos, y éste le respondió:
“Ya lo sé, no soy tan tonto; vale la mitad pero el día que escoja la otra moneda, el jueguito se acaba y yo no voy a ganar más mi moneda”
Esta historia podría concluir aquí, como una simple anécdota de pueblo o de ciudad, ¿por qué no? Pero se pueden sacar varias conclusiones.
La primera: Quien parece ingenuo no siempre lo es.
La segunda: ¿Cuáles eran los verdaderos ingenuos de la historia?
En fin, creo que la conclusión más importante es que podemos salir bien, aun cuando los otros no tengan una buena opinión sobre nosotros.
Por lo tanto, lo que importa no es lo que piensan de nosotros, sino lo que uno piensa de sí mismo y lo que uno realmente es.
“El verdadero hombre inteligente es el que aparenta ser ingenuo delante de un ingenuo que aparenta ser inteligente”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario